Conversación con el Principito

Ratio: 0 / 5

Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado
 

    — ¿Y aprendiste algo cuando domesticaste al Zorro, Principito?

    — Aprendí a construir una amistad desde abajo. Al Zorro no lo conocía ni un poco cuando me pidió que lo domesticara. Tomó tiempo, pero por fin pudimos hacernos buenos amigos, como tú lo eres de tu abuelito y de tus hermanos y de tus padres.

    — ¿Y para qué lo domesticaste si ya sabías que tenías que irte algún día? Tú sabías. No iban a estar juntos por siempre. ¿Por qué? —y entonces el niño empezó a sollozar.

    — No te aflijas —contestó el Principito acercándose al niño para consolarlo—. Eres muy pequeño todavía, pero aprenderás con el tiempo que las cosas pasan así. Nunca vamos a entender misterios como este, ¿sabes? Solamente pasan y tenemos que aceptarlos.

    — ¿Pero por qué? —preguntó el niño entre sollozos cada vez mayores.

    El principito se limitó a abrazar al niño y a acompañarlo un rato en silencio. Los hermanos del niño habían estado llorando también, sentados en un rincón, en silencio. En ese momento se levantaron y fueron hasta donde estaban su hermano mayor y el Principito y se unieron en un abrazo grupal.

    Luego de un rato el Principito rompió el silencio.

    — Sí, yo sabía que algún día iba a tener que separarme del Zorro, pero sabía también que iba a quedarme un tiempo con él. Piensen un momento qué iba a hacer si no hubiéramos hecho amistad. De cualquier modo iba yo a quedarme ahí. Habría sido muy incómodo ver al Zorro todos los días y no dirigirle la palabra. Me habría sentido muy solo a pesar de estar acompañado por él.

    — Pero se siente muy feo que se vaya —dijo el niño mayor.

    — Sí, lo sé. Era necesario que me fuera. Tenía todavía muchos lugares que visitar todavía antes de regresar a mi planeta con mi Rosa. Con el Zorro solamente estaba de paso, pero de no ser por él me habría sentido muy triste. Este lugar en el que estamos es solamente de paso, ¿saben? También el Zorro tendrá que irse algún día.

    — ¿No se va a quedar ahí? —preguntó el más pequeño de los tres niños.

    — No. Al igual que yo, solamente estará un tiempo en este lugar y después tendrá que partir. También ustedes.

    — Pero nosotros sí somos de aquí —objetó el niño que no había hablado, el medianito—. Tú tenías que irte porque debías regresar a tu casa con tu Rosa. A lo mejor el Zorro deba ir a algún lugar y por eso se va a ir. Pero nosotros somos de aquí.

    El Principito sonrió.

    — Ninguno de nosotros nacimos aquí.

    — Sí, de veras que nacimos aquí —dijo el niño mediano.

    — Yo te aseguro que no es así. Casi nadie se acuerda, pero todos nosotros nacimos allá —dijo señalando con su índice derecho hacia el cielo estrellado. Después cada uno de nosotros fue enviado a algún lugar del universo para encargarse de alguna tarea. Algunos estamos aquí para regalarle un poquito de felicidad a nuestros compañeros de viaje; otros vinimos a ayudar a otros más para que puedan resistir su estancia aquí mientras cumplen con su misión; otros vinimos a hacerle un bien a este planeta para mantenerlo  cuidado y en buen estado; otros vinimos para ayudar otras criaturas que tal vez no se parezcan a nosotros pero que comparten el lugar en el que habitan y que también están aquí por algo. Todos vinimos a hacer algo. Después de hacerlo podemos regresar al lugar donde nacimos.

    — Pero yo me acuerdo haber nacido aquí —dijo pensativo el mismo niño mediado. Luego, con una sonrisa continuó—. ¿De veras nacimos allá arriba? ¿Y cómo es? Yo no me acuerdo.

    — Es el mejor lugar que puedas imaginar —dijo sonriente el Principito—. Algún día volverás a verlo.

    — Guau… yo quiero ver. ¡Tengo muchas ganas de ir!

    — Algún día tendrán que hacerlo. No se irán al mismo tiempo, pero allá vamos a encontrarnos todos.

    Los tres niños miraron hacia el cielo imaginando cómo sería verlo de cerca.

    — Mi Rosa sigue allá, en mi planeta, que está por ahí —dijo el Principito señalando un punto específico entre dos estrellas—. Estamos muy lejos, pero yo siempre hablo con ella a pesar de que está allá.

    — ¿Cómo lo haces? —preguntó el niño mayor.

    — Pienso en ella y le hablo.

    — ¿Pero cómo te escucha? —preguntó el niño mayor.

    — Desde allá es muy fácil escuchar lo que las personas te dicen desde los planetas donde están. Basta que piense en mi Rosa y le hable para que me escuche. Desgraciadamente desde aquí no es tan fácil escuchar muy claro, pero sí se alcanza a sentir cuando las personas te están pensando o hablando desde allá… o incluso desde aquí. Yo puedo sentir que el Zorro me recuerda y me saluda. No lo escucho porque los dos estamos en este mundo y estamos muy lejos, pero lo siento y sé que él me siente. Ahora estará él muy feliz pensando en que yo lo estoy saludando y abrazando. Puedo sentir también a mi Rosa aunque no la escuche y sé que ella está escuchándome y sintiéndome ahora.

    — ¿Entonces mi abuelito nos escucha? —preguntó entusiasmado el más chico.

    — Sí —respondió el Principito—. ¿No lo sienten cerca?

    — ¡Sí! —gritaron al unísono los niños— ¡Hola, abuelito! ¡Y hola a todos!

    — Todos volveremos a allá algún día —dijo el Principito—. Mientras tanto disfrutémonos aquí.