Si por un momento fuésemos como el gatito

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    Caminando por la calle observo a la gente, pero lo que veo es que nadie ve nada. Vivimos en una época en la que la gente camina sin ver y vive sin saberlo. Me pregunto qué pasa con las personas. ¿Por qué vivimos enfrascados en mundos individuales cuando la vida pulula fuera de nuestra esfera individual?

    De la calle por la que camino sale a mi paso un gatito. Es apenas un animalito de algunos meses de edad. Con cuidado cruza la calle y llega a la banqueta por donde dirijo mis pasos. Por otro lado cruza una persona también hacia la esquina donde estoy parado. ¿Cuál es la diferencia? El gatito sira más allá de su esfera individual mientras la persona no puede adaptar su visión más allá de sí misma.

    Puedo ver que en el espacio en que me encuentro la vida y el movimiento no se detienen a pesar de lo estática que aparenta ser la imagen. Pero en ese momento me sumo en la imperceptibilidad y en el lugar solamente quedan dos seres: el gato que ha cruzado la calle por un lado y la persona que lo hizo por el otro.

    Detengamos un momento el tiempo para evitar que se retiren la persona y el animal y observemos por un instante lo que hacen. Si observamos con cuidado podremos ver dos visiones diferentes del mismo evento. ¿Cuál será la visión real? Supongo que la realidad es una sola y no cambia, pero seguramente será percibida de manera diferente y como resultado tendremos dos imágenes, dos percepciones, dos interpretaciones surgidas de la misma realidad.

    Por un momento somos la persona. Nuestra visión es magnífica y nítida. Sin embargo, la imagen colorida que se presenta ante nosotros no es más que una mancha luminosa que nuestros ojos apenas perciben como una acuarela con los colores corridos: un gris pavimento que se mezcla con un amarillo de hojas secas y un azul cenizo que amenaza lluvia.

    Ningún aparato llevamos en la mano que distraiga nuestra atención, por lo que se supone que nos sería posible darnos cuenta de que la vida vuela alrededor nuestro. Y sin embargo no vemos más allá. Quizá si hurgamos un poco en los pensamientos de esta persona desentrañemos el motivo que la lleva a la ceguera en la que se encuentra. ¿Y qué hay, entonces, en la caja de pensamientos? Divagaciones confusas sin inicio ni final, nimiedades que aletean con sus alas secas sin aterrizar en ningún momento, un vacío que bien podría ser llenado con alguna buena idea, y, en fin, muchas cosas de éstas.

    Sólo Dios sabe qué revoltura se ha batido en esta cabeza. Lo que sí es cierto es que este licuado de pensamientos absurdos ha empañado la visibilidad de la persona. Si seguimos viendo a través de sus ojos no lograremos saber qué escena se representa ante nosotros en el escenario de la vida diaria, así que salgamos de aquí.

    Vayamos ahora al punto de vista del gatito. Cruzó hace un momento la calle, y, mientras lo hacía, pude ver cómo notaba que el mundo existe. Mientras la persona cruzó de manera mecánica como un robot programado, el gato lo hizo con cuidado, atendiendo a todos los sonidos y estímulos que sus sentidos percibieron.

    Ahora se encuentra el gato de este lado de la calle. Parece que es nuevo para él, aunque seguramente ya haya estado aquí antes. Claro que, aunque conozca esta esquina, no siempre es la misma y él lo sabe, a diferencia de la persona que por costumbre camina por aquí. La vez pasada no había crecido esa hierba en aquel rincón… podemos observarla a través de la mirada del gato, que se acerca a contemplarla con cuidado. Él sabe que la hierba no estaba antes y ahora sí, por lo que la imagen que tenía guardada en su mente no es la misma.

    Hay vida alrededor. El gatito la observa con detenimiento y se acerca curioso a examinarla. Quizá no entiende por qué están lloviendo hojas secas sobre la banqueta, pero comprende que caen en delicado vuelo hasta él y que el viento las dirige un rato. El gris del pavimento tiene forma de un río largo. El azul cenizo del cielo forma figuras nubosas que por un momento tienen forma del delfín y pocos minutos después son gaviotas alzando vuelo. El gato lo mira todo y lo vive como una aventura diferente a las de los demás días. Ni siquiera el vuelo de la abeja se ha perdido el curioso animalito.

    Volvamos ahora a nuestro punto de partida y dejemos que el tiempo corra de nuevo. La persona se va sin reparar en el momento y el lugar en el que vive; continúa su andar moderado y automático. Por otro lado el gatito se queda un momento a observar con detenimiento y cuidado. Una vez que sus sentidos se han saciado de vida, de movimiento y de estímulos, retiene la imagen viva del lugar y tiempo en el que está y sigue su camino corriendo a buscar más novedades en el camino que acostumbra pero que no termina de conocer.

    Ante esto me pregunto de nuevo por qué vivimos sin mirar. Si no utilizamos nuestros sentidos no podemos percibir el mundo, y si no lo percibimos vivimos sin sentir nada, es decir, vivimos muertos, vivimos ciegos ante la simple dicha de disfrutar de las cosas increíbles que se esconden tras lo cotidiano. ¡Ah, si por un momento fuésemos como el gatito!