Un cuento infantil

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Amado Nervo

El sol y la nieve, por causas misteriosas que no es del caso analizar, tuvieron cierta mañana de invierno un serio disgusto.

El sol piadoso, escuchando el mudo ruego de los campos, quería calentarlos para que dieran flores. Porque el astro divino ufánase de ver que sus besos de oro calientan los gérmenes escondidos, y que como fruto de este amor, nacen las corolas maravillosas. Pero la nieve, mujer al fin, ansiaba todo el campo para ella: quería extender sobre él su blancura misteriosa. Parecíale que, dorada por el sol, plateada por la luna, azulada por el reflejo del cielo, era mas bella que todas las flores; era una prodigiosa cosecha de lirios… sin perfume, pero con luz. Lucharon y discutieron en vano.

El sol mas poderoso que la nieve, hubiera podido derretirla, licuarla, y hacer que así, penetrando en la tierra, sirviese a sus fines misericordiosos y ayudase con su riego escondido a la germinación de las flores…Pero no quiso hacerle tanto mal: era mujer, blanca, silenciosa (esto de silenciosa es una gran cualidad en las mujeres); fría, lo contrario de él (las cualidades contrarias hacen que nos amemos las mujeres y los hombres); y el sol la amaba…

Resolvió pues transigir, celebrar con ella un pacto, y este pacto fue el siguiente: vamos a formar entre los dos la flor que piden los campos, tú le darás tu blancura infinita y yo le pondré en medio de ella una imagen de mi mismo, de mi oro radioso y eterno que calienta a los hombres y hace que germine la vida en la tierra negra y fuerte.

La nieve accedió a condición de que la blancura que ella diese a la flor fuera mas que el oro que el sol le otorgase; la nieve, mujer al fin, es muy exigente.

Y así fue. Y del pacto del sol y de la nieve nació una flor incomparable, estrella y sol, oro y plata, alabastro y fuego, querubín de cabeza rubia y alas blancas. Nació la margarita.

Más ¡Ay! Que no por este pacto habían terminado los disgustos. El cielo azul, furioso de que ni el sol ni la nieve hubieran pedido su colaboración para formar la flor milagrosa, amenazó con encapotarse, y no dejar que la luz del astro diese vida a la margarita naciente… grave era el caso. Ruda fue la disputa. Pero el sol, más sabio siempre que todas las cosas, encontró un medio de conciliación.

“La flor –dijo al cielo azul- ya está formada, y sería necio añadir algo a su oro y a su blancura incomparables. Pero nacerá una mujer que será como una flor… Nacerá en París, y tú nieve, le darás su blancura; yo sol, el oro oscuro de sus cabellos y el sonrosado de sus mejillas; y en cuanto a ti, cielo azul, para que ayudes a la obra primaveral y armoniosa, te permito que pongas en sus ojos todo el azul de mayo y tu suave y aristocrático gris azulado de diciembre.”

Y de esta suerte nació Margarita, a la que tiernamente dedico esta historia.